Natalia Rivera renunció a la dirigencia de Movimiento Ciudadano en Sonora apelando a una palabra complicada en política: congruencia.
Dijo, en esencia, que no estaba dispuesta a hacer política al lado de Alejandro López Caballero y del grupo identificado con el exgobernador Guillermo Padrés. Está en todo su derecho. El problema es que cuando alguien coloca la congruencia como argumento central de una decisión política, inevitablemente abre la puerta para revisar su propia trayectoria.
Porque hablando de congruencia, poco hemos escuchado a Natalia sobre su exjefa, Claudia Pavlovich, hoy embajadora de México en Panamá por decisión de un gobierno de Morena, después de todo lo que se especuló sobre las razones políticas que rodearon aquel nombramiento. Donde incluso se habló de que hubo un acuerdo de protección y en donde seguramente Natalia estuvo en el centro de la decisión ya que era del equipo cercano de la exgobernadora.
Por qué razón aceptó la incorporación del Doctor Claussen si ahora se queja de él y lo responsabiliza del acercamiento de Alejandro López Caballero con la cúpula del MC.
Y está, por supuesto, su salida del PRI.
Natalia abandonó al partido que le había entregado una diputación plurinominal y se fue a Movimiento Ciudadano, aunque en aquel momento también se habló de un compromiso para su posible incorporación al bloque de Morena, donde después se le vendió a la figura máxima en el estado que lo que convenía al proyecto para asestarle el golpe al PRI era mejor irse 2 a MC y 2 a Morena.
Nada de eso necesariamente invalida sus decisiones. Los políticos pueden cambiar de partido, romper alianzas y construir otras nuevas. Lo que resulta difícil es convertir la congruencia en vara para medir a los demás sin aceptar que esa misma vara mida la historia propia.
Por eso la pregunta interesante ahora no es por qué se fue de MC.
Es a dónde va Natalia Rivera.
¿Será coordinadora de la campaña de Antonio Astiazarán y terminará haciendo equipo con el ala panista de Gildardo Real y Javier Gándara Magaña?
Sería particularmente interesante después de que en campaña Natalia atacara ferozmente a Javier Gándara vinculándolo políticamente con Guillermo Padrés. Recuerdan la campaña: “Gándara y Padrés son lo mismo”.
¿O su destino estará en Panamá, cerca de Claudia Pavlovich?
¿Buscará espacio en el Partido Verde, donde está su amigo y exjefe Maloro Acosta?
¿Habrá alguna ruta hacia el PT y Sergio Gutiérrez Luna padrecista fundador?
¿O terminará acercándose a MACISO con Pascual Soto y Pepechón Alfaro?
Muchas posibilidades. Pero todas conducen a la misma pregunta:
¿Qué sigue, Natalia?
¿Cuál será esa ruta política suficientemente congruente como para no contradecir las razones por las que hoy abandona Movimiento Ciudadano?
Porque cambiar de partido no necesariamente es traicionar principios. Cambiar de aliados tampoco.
Pero cuando la explicación pública es la congruencia, el siguiente paso importa mucho.
Y Natalia tendrá que encontrar un espacio donde pueda construir confianza, mantener alianzas y hacer equipo sin volver a encontrarse, unos meses después, con una nueva incompatibilidad ética.
Porque al final, en política nadie camina solo.
La política es de equipos. Y la congruencia también se demuestra escogiendo con quién haces equipo… y permaneciendo cuando llega el momento difícil.



