Hay ocasiones en que la política obliga a tragar sapos. Pero pocos tan grandes como los que tendrá que digerir Manuel Ignacio “Maloro” Acosta tras asumir la dirigencia estatal del Partido Verde Ecologista de México en Sonora.
No se trata únicamente de cambiar de partido. Se trata de encabezar un instituto político que, en los hechos, se ha convertido en el principal aliado y partido satélite de Morena, el mismo movimiento político al que Maloro combatió durante buena parte de su carrera.
La contradicción no es menor.
Maloro construyó toda su trayectoria dentro del PRI. Fue diputado local y federal, y alcalde de Hermosillo, además de uno de los principales cuadros priistas en Sonora. Durante años se ubicó frente a Morena y sus liderazgos. Incluso, tras alejarse de la política electoral, participó en organismos internacionales y colaboró con una organización de Derechos Humanos de corte provida, posturas que contrastan con varias de las agendas impulsadas por Morena.
Ahora tendrá que defender, acompañar o, cuando menos, guardar silencio frente a decisiones que hace apenas unos años seguramente habría cuestionado.
Pero quizá el sapo más difícil de tragar tenga nombre y apellido: Célida López.
Ambos protagonizaron algunos de los enfrentamientos políticos más duros de Hermosillo, con acusaciones públicas e incluso denuncias legales. Sin embargo, la política suele convertir a los adversarios de ayer en los aliados de hoy. Apenas esta semana, durante una entrevista con Juan Carlos Zúñiga, la propia Célida reveló que ya sostuvo un encuentro con Maloro y aseguró que éste le reconoció haber cometido errores.
Difícil debe ser regresar a la política teniendo que reconocer errores frente a quien durante años fue una de sus principales adversarias.
Pero ese apenas es el comienzo.
La verdadera prueba llegará cuando inicien las reuniones de estrategia rumbo al 2027.
Imaginemos la escena: una mesa cerrada con Adolfo Salazar, los dirigentes estatales de Morena y del PT, los principales asesores políticos del gobernador Alfonso Durazo y, sentado entre ellos, Maloro Acosta. La conversación girará en torno a encuestas, candidaturas, estructuras electorales y estrategias para derrotar a la oposición.
Y entre esos adversarios estarán, muy probablemente, Antonio Astiazarán, Flor Ayala y algunos empresarios y personajes con quienes Maloro compartió proyecto político durante buena parte de su carrera y que, además, lo respaldaron cuando más lo necesitó.
La pregunta resulta inevitable.
¿Hablarán todos con la misma confianza frente a él?
También aparece otro dilema.
¿Qué hará Maloro cuando tenga que elegir entre respaldar a los candidatos de Morena o mantener lealtad con quienes fueron sus aliados y defensores? ¿Apoyará a Antonio Astiazarán y al grupo político al que perteneció durante tantos años o utilizará la estructura del Verde para enfrentarlos?
Habrá quien diga que “quien avisa no traiciona”. Pero en política esa frase suele servir más como justificación que como explicación.
También queda pendiente conocer la verdadera razón de su incorporación.
¿Maloro descubrió de pronto una nueva convicción ecologista? ¿Cambió sus posiciones políticas e ideológicas? ¿Decidió abrazar plenamente el proyecto de Morena? ¿O simplemente encontró en el Partido Verde una nueva plataforma para mantenerse vigente en la política sonorense… o incluso alcanzar un eventual pacto de impunidad?
Las respuestas comenzarán a conocerse muy pronto.
Si el Verde termina actuando, como lo ha hecho en buena parte del país, subordinado a las decisiones de Morena, entonces Maloro habrá tenido que tragar más sapos de los que cualquiera hubiera imaginado.
Pero también existe otra posibilidad.
Que estemos equivocados. Que Maloro sorprenda a propios y extraños y construya un Partido Verde con identidad propia en Sonora, capaz de tomar decisiones con autonomía y no simplemente alinearse a Morena. Que, llegado el momento de las candidaturas, ejerza un liderazgo independiente, aunque eso implique incomodar a sus nuevos aliados.
Esa sí sería una jugada magistral.
Por lo pronto, el primer desafío de Maloro no será convencer a la oposición de que ahora es aliado de Morena. Será convencer a Morena de que puede confiar en él. Y quizá el reto más difícil de todos: convencer a los sonorenses de que este cambio de camiseta obedeció a una convicción política y no simplemente a una conveniencia.



