En política, la forma importa: tiempos, señales y mensajes. La estrategia de Morena en Sonora está trazada.
Brincan nombres por todas partes. Las elecciones se acercan y el partido gobernante lanza a la carrera a sus caballos. La competencia interna del movimiento se abre y las corcholatas se destapan. Son muchos los que quieren gobernar el estado.
El desfile de aspirantes se acelera con Javier Lamarque a la cabeza. Otros se lo quieren bajar porque, en las reglas del poder, cuando alguien crece, el sistema reacciona.
Aquí, en Morena Sonora, reaccionaron muchos.
La Célida López, el Froylán Gámez, el Heriberto y otros actores levantan la mano.
¿De verdad todos despertaron al mismo tiempo con aspiraciones similares? ¿O alguien decidió que era momento de llenar el tablero de piezas para que ninguna destaque demasiado?
Pareciera más un mensaje político, una estrategia bien trazada para fragmentar el poder. Las candidaturas en Morena se están negociando. Hay personajes que empiezan a incomodar.
Lo que parece estar ocurriendo no es una competencia natural, sino un mensaje político. Un mensaje que va y viene entre Sonora y la capital del país. Se está definiendo quién manda, quién decide y hasta dónde llega la autonomía local en la sucesión de la gubernatura.
Que si será Lamarque o Lorenia; que si la Célida; que si el Froylán o el Heriberto. A ciencia cierta, nada está cantado, por más que el alcalde de Obregón se adelantara; el partido de la capital y del estado, al fin y al cabo, tendrán que negociar para decidir.
Lo que hoy se vive en Sonora no es una simple casualidad.



