Si nada cambia durante las próximas horas, Morena dará a conocer que Lorenia Valles encabezará la coordinación en Sonora.
Para quienes desde hace meses observan la sucesión desde dentro, el desenlace no sería precisamente una sorpresa. La lectura que ha acompañado todo el proceso es que Lorenia era la opción del gobernador Alfonso Durazo y que poner a competir al resto formaba parte de una operación destinada, más que a elegir, a legitimar una decisión.
Una fórmula que inevitablemente recuerda el proceso presidencial de 2023: todos recorrieron el país, todos levantaron la mano, todos tuvieron su encuesta y, al final, Claudia Sheinbaum resultó elegida para encabezar la continuidad del proyecto de Andrés Manuel López Obrador.
En Sonora quedó flotando durante meses exactamente la misma pregunta:
¿La encuesta definiría la decisión o solamente terminaría legitimándola?
Morena ha pedido esperar los resultados oficiales y, hasta ahora, las versiones sobre un ganador han sido eso: versiones. El propio partido negó el 11 de septiembre que existiera entonces un resultado oficial y pidió esperar a la dirigencia nacional.
Pero existe otro elemento que hará inevitable la discusión cuando se abran los sobres: las encuestas públicas nunca contaron una sola historia.
En mayo, Enkoll colocaba a Javier Lamarque en primer lugar de preferencia efectiva, con 26%, seguido por Lorenia Valles con 22% y Célida López con 19%. Dos meses después, la misma casa encuestadora colocó a Célida al frente, con 16% de preferencia bruta, seguida por Lamarque con 14% y Lorenia con 13%.
Otras mediciones mostraron exactamente lo contrario. CE Research, por ejemplo, colocó consistentemente a Lorenia Valles en primer lugar y en agosto le otorgó 35.2%, contra 20% de Lamarque y 6.2% de Célida.
Por eso, si hoy se confirma a Lorenia, conocer los números completos será indispensable.
Y ahí empieza realmente la historia.
Porque la pregunta ya no será quién ganó.
La pregunta será:
¿Cicatrizará la herida después de la operación?
¿Qué tendrá que ocurrir con Javier Lamarque, que apareció encabezando algunas mediciones y alrededor de quien también se construyó una estructura política durante estos meses?
¿Y qué pasará con Célida López, que no solamente apareció en primer lugar en una de las encuestas públicas más relevantes, sino que ya puso sobre la mesa una condición políticamente incómoda: antes de hablar de unidad, quiere conocer los resultados, las cifras y las encuestas espejo?
Mañana podrán levantarle la mano a Lorenia.
Podrán tomarse la fotografía.
Podrán hablar de unidad, transformación y continuidad.
Pero debajo de esa fotografía comenzará otra competencia: la de los espacios, las candidaturas, las posiciones y las garantías para quienes hoy tendrán que aceptar que su proyecto no será el que encabece 2027.
Ahí estará el verdadero riesgo.
No necesariamente en una ruptura pública.
Las fracturas políticas más peligrosas casi nunca empiezan con una renuncia. Empiezan en silencio: una llamada que deja de contestarse, un operador que deja de movilizar, una estructura que trabaja a medias, un grupo que comienza a guardar agravios y un aliado que decide esperar su momento.
Morena puede anunciar hoy a su coordinadora.
Lo que ningún anuncio puede garantizar es que mañana tenga un solo equipo.
Porque después de meses de competencia interna, compromisos cruzados y aspiraciones alimentadas, quizá el problema ya no sea convencer a quienes perdieron de quedarse.
El problema será convencerlos de trabajar para quien ganó.
Y si la unidad termina siendo solamente otra fotografía, Morena podría llegar a 2027 con la candidatura resuelta, pero con algo mucho más difícil de reparar:
un partido unido hacia afuera y dividido por dentro.
Ese último concepto “unido hacia afuera y dividido por dentro” me parece especialmente útil para rematar porque deja la intriga sin afirmar que la ruptura ya ocurrió.



