En Sonora Hoy iniciaremos Promesas Rotas, una serie de reportajes para revisar aquellas obras, proyectos y compromisos gubernamentales que fueron anunciados como soluciones históricas y terminaron perdiéndose entre retrasos, discursos optimistas y explicaciones oficiales que nunca terminaron de convencer a nadie.
Proyectos inaugurados a medias. Obras que en documentos aparecen concluidas, aunque la gente no vea resultados. Millones de pesos invertidos y preguntas que siguen sin respuesta.
Porque el tiempo también exhibe a los gobiernos.
Y porque detrás de cada promesa incumplida hay personas que terminan cargando el costo.
El primer capítulo toca una de las heridas más dolorosas de Sonora: las familias de personas desaparecidas y el Centro Estatal de Identificación Genética y Panteón Forense, una obra presentada como esperanza para miles de madres buscadoras.
La realidad terminó siendo mucho más amarga.
Mientras Sonora se mantiene entre los estados más golpeados por las desapariciones y organismos como la REDIM advierten sobre el riesgo creciente de que menores sean captados por el crimen organizado, las madres buscadoras siguen recorriendo desiertos, brechas y fosas clandestinas para hacer el trabajo que las autoridades nunca pudieron resolver por completo.
Ahí está quizá la imagen más dura de esta crisis: mujeres buscando con sus propias manos a sus hijos mientras una obra pública aparece oficialmente “terminada”.
En 2024 el gobierno anunció con entusiasmo la creación del Centro Estatal de Identificación Genética y Panteón Forense. La inversión superó los 61 millones de pesos y, en los registros oficiales, el proyecto aparece concluido al cien por ciento.
Pero colectivos y familias cuestionan otra cosa: que el centro siga sin dar los resultados que prometió.
Y entonces aparece una pregunta incómoda:
¿Qué fue exactamente lo que se terminó?
Porque mientras en el papel la obra quedó concluida, en Sonora los cuerpos sin identificar crecieron 152 por ciento durante el sexenio.
La cifra no sólo habla de números. Habla de familias atrapadas en la incertidumbre. De madres que envejecen buscando. De personas esperando una llamada que nunca llega.
Porque hay dolores que ningún gobierno debería normalizar.
Y uno de ellos es no saber dónde está tu hijo.



