Alfonso Durazo podría haber cometido uno de los errores políticos más costosos de su administración. En su intento por mantener unido a Morena y garantizar la continuidad de su grupo durante los próximos nueve años, terminó abriéndole las puertas a quien podría convertirse en su principal adversaria interna: Célida López Cárdenas. Porque aun suponiendo que Lorenia Valles gane la gubernatura de tres años en 2027, entregarle a Célida la coordinación de Morena en Hermosillo podría poner en riesgo la sucesión de 2030. Y hay algo todavía más interesante: Lorenia tampoco le garantiza a Durazo que le cuide la espalda durante su séptimo año. Para entonces, tendría que consolidar su lealtad con la presidenta Claudia Sheinbaum y su grupo político, al que Durazo no pertenece.
Célida López no es una política improvisada. Llegó a la disputa por la coordinación estatal como una de las figuras mejor posicionadas de Morena y, según versiones sobre las encuestas internas, habría obtenido los mejores resultados. Tiene experiencia, carisma, conocimiento del territorio y una habilidad política que pocos de sus compañeros pueden presumir. Sabe hacer campaña, conectar con la gente y construir acuerdos. Su designación en Hermosillo parece un premio de consolación después de que Lorenia obtuviera la coordinación estatal, pero podría convertirse en una extraordinaria oportunidad. Porque su verdadero objetivo podría seguir siendo la gubernatura, ahora en 2030.
Y aquí comienza el problema para Durazo. Su estrategia pasaría por ganar la gubernatura de tres años con Lorenia y mantener el control de la sucesión de 2030, cuando se elegirá gobernador por seis años. Pero si Célida gana Hermosillo, tendría tres años para construir una candidatura propia, con estructura territorial, exposición mediática y relaciones políticas suficientes para disputar la siguiente gubernatura. Durazo quería dejar gobernadora para tres años y heredero para seis. Pero podría estar construyendo a quien termine arrebatándole la herencia.
Lo sorprendente es que, para resolver un problema interno, Morena creó varios más. Célida quería la gubernatura, no la alcaldía. Wendy Briceño, María Dolores del Río y Froylán Gámez aspiraban a Hermosillo, pero terminaron desplazados por una decisión de la dirigencia nacional. Wendy incluso manifestó su inconformidad. Morena optó por los acuerdos y las designaciones, dejando heridas que podrían cobrar factura en las urnas.
A primera vista, Célida y Lorenia podrían integrar una fórmula electoral muy competitiva. Lorenia representa la continuidad del proyecto de Durazo y Célida aporta experiencia, carisma y una indiscutible vagancia política. Juntas podrían fortalecer considerablemente a Morena en 2027, siempre y cuando Lorenia no termine opacada por el protagonismo de Célida. Porque una cosa es compartir campaña y otra compartir el liderazgo.
Pero hay otro ingrediente: Guillermo Padrés. Célida construyó parte importante de su carrera política en el PAN, durante los años de influencia del exgobernador. Si desde la alcaldía consigue reagrupar a antiguos operadores del padrecismo, podría producirse una paradoja monumental: Morena habría utilizado su maquinaria electoral para devolverle influencia política al grupo que alguna vez combatió. No está demostrado que exista un acuerdo entre Célida y Padrés, pero el escenario merece atención.
Además, las antiguas lealtades partidistas parecen haber perdido significado. Ahí están los movimientos de Ernesto Gándara, Alejandro López Caballero, Natalia Rivera y Manuel Ignacio Maloro Acosta. Incluso Célida, que sostuvo fuertes confrontaciones con Maloro, podría terminar compartiendo campaña con él bajo una alianza entre Morena y el Partido Verde. Los adversarios de ayer convertidos en aliados de mañana.
Imaginemos ahora a Lorenia gobernando Sonora y a Célida gobernando Hermosillo. Dos mujeres del mismo partido, con proyectos propios y una gubernatura de seis años en el horizonte. Célida tendría, además, un argumento poderoso: haber recuperado para Morena la plaza electoral más importante que mantiene la oposición. Aunque primero tendría que ganar Hermosillo, donde Antonio Astiazarán conserva una estructura política competitiva.
La pregunta es si Durazo calculó este escenario. ¿Fue una negociación que él mismo impulsó, una imposición de la dirigencia nacional o una salida de emergencia para evitar una fractura? Porque una cosa es ganar las elecciones y otra garantizar la permanencia de un grupo político en el poder.
Y queda una interrogante todavía más delicada: ¿Lorenia le garantizará a Durazo cuidarle la espalda durante su séptimo año, cuando comiencen a revisarse las decisiones y las cuentas de su administración? Su futuro político dependería también de Claudia Sheinbaum y de un grupo cuyos intereses no necesariamente coinciden con los del gobernador.
Al final, la gran ganadora podría ser Célida López. Perdió la primera batalla por la gubernatura, pero recibió una oportunidad para preparar la siguiente. Durazo podría ganar tres años de gobierno con Lorenia y perder los seis siguientes frente a Célida. Y lo más irónico sería que Morena terminara abriéndole nuevamente las puertas del poder al viejo grupo de Guillermo Padrés.



