Este sábado leí en La Jornada una nota que me dejó un sabor agridulce. El Sindicato Nacional Minero, encabezado por Napoleón Gómez Urrutia, celebró un “triunfo histórico” en la mina La Colorada, en Zacatecas: logró arrancarle a la empresa canadiense Pan American Silver el pago del 10% de utilidades que por ley les corresponde a sus trabajadores, elevando el monto a 135 millones de pesos. Más de mil mineros se benefician. Justo. Legal. Correcto.
Y sin embargo, algo me revolvió las entrañas.
💰 Porque el protagonista del “triunfo” es el mismo hombre que en 2004 recibió 55 millones de dólares destinados a los trabajadores de la Compañía Minera de Cananea, Sonora — equivalentes al 5% de las acciones de esa empresa vendida a Grupo México — a través de un fideicomiso bancario. El dinero llegó. Fue depositado en cuentas del sindicato. Y nunca llegó a los bolsillos de los mineros.
Casi 10,000 trabajadores han reclamado ese dinero durante dos décadas. Algunos ya murieron esperando. La Junta Federal de Conciliación y Arbitraje ha emitido laudo tras laudo condenando a Gómez Urrutia a pagar — el más reciente en mayo de 2025, tras 18 años de litigio. La respuesta: un amparo tras otro. Dilatar. Negar. Y mientras tanto, 12 años viviendo cómodamente en Canadá, país que no concede extradición por delitos laborales.
🏛️ En 2018, López Obrador lo rescató del olvido y la acusación penal, lo invitó a ser Senador de la República por Morena y lo defendió públicamente, tuiteando que había sido “perseguido y estigmatizado”. El mismo hombre con cinco laudos en su contra, con cargos por fraude, con una ficha roja de Interpol que luego fue retirada porque así funciona el mundo de los poderosos — regresó triunfante. Hoy es Diputado Federal.
🌎 Lo que me genera asombro y tristeza es la arquitectura del poder que opera detrás. En La Colorada la empresa es canadiense. En Cananea, la empresa fue vendida por el propio gobierno mexicano a precio de remate, convirtiendo a Germán Larrea en uno de los cinco hombres más ricos del país. En ambos casos, el minero de carne y hueso — el que baja al socavón, el que respira polvo, el que arriesga la vida — termina siendo el último en la fila.
¿Dónde está la justicia institucional? En un laudo que nadie cumple. En un tribunal que emite resoluciones que se impugnan en cascada. En un sistema donde el dinero compra tiempo, y el tiempo mata esperanzas — y a veces, literalmente, mata mineros.
✝️ Cuando la justicia humana falla, cuando las instituciones son capturadas y el poder se viste de víctima, queda una sola certeza: la justicia divina no prescribe, no admite amparos y no tiene precio de ganga.
Celebro a los mineros de La Colorada. Celebro cada peso que llegue a sus manos. Y al mismo tiempo, no puedo ignorar que el hombre que encabeza ese “triunfo histórico” tiene una deuda histórica no resuelta con los hijos de Cananea, Sonora.
La justicia para los mineros, ¿existe? Como interrogante, sí. Como realidad… aún estamos esperando.
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