EN EL SONORA DE LOS cincuentas hubo un despertar agrícola de gran calado, pero paradójicamente una abundante generación de niños mendigando, en la pobreza, sin un destino seguro.
A catorce años, qué rápido, de que el Padre Villegas dejó el mundo físico, como él decía, “el hombre pasa y las obras perduran”. Estuvimos en su aniversario luctuoso el pasado sábado por la noche, preponderando los logros del hospicio de muchachas –que no le tocó ver en vida–, que ya ha arrojado algunas tituladas universitarias.
Probamos el pozole de trigo, el favorito del Padre Villegas que le cocinaba una señora muy querida originaria de Suaqui Grande. Escuchamos la efervescencia de Franco Becerra, como buen anfitrión y maestro de ceremonia quien se incorporó a la corriente kinera a mediados de los ochenta, reímos con las anécdotas de Miguel Ayala, gran amigo, brazo derecho y compadre (de los mil 200 y pico que tuvo el clérigo), nos carcajeamos de las ocurrencias que vivieron diferentes estudiantes contadas sabrosamente por el empresario Ramón Ponce. Sobrio y potente fue el discurso de Norma Abril, la presidenta de la Fundación Pedro Villegas.
Fue una noche redonda. Buen clima, buena música, una rondalla sumamente simpática, con otro formato, agradable charla, buenos recuerdos del Padre Cruz Pedro Villegas Ramírez quien nació el 3 de mayo de 1927 en Guaymas y falleció la mañana del 19 de mayo de 2012 en Hermosillo a la edad de 85 años y tras más de seis décadas de labor sacerdotal y social. Las chamacas del hospicio hablaron, dijeron que querían apoyar la obra y hasta otorgaron reconocimientos a varios de los personajes presentes.
El trabajo del Padre Villegas no se olvidará. Por ello fue de vital importancia que se hablara de un relevo generacional para continuar su obra. Los actuales ya cumplieron cuarenta años de continuidad generosa, de dar más a los que menos tienen. Pasarán la estafeta a sus hijos y a otros, pues como diría Miguel Ayala, “los que cumplimos 80 y más, necesitamos hacerlo”.
La vida y obra del Padre ha sido documentada en un excelente libro “Espíritu y dignidad: Biografía de monseñor Pedro Villegas Ramírez y las instituciones Kino”, (2010) escrito por el cronista de Hermosillo, Ignacio Lagarda Lagarda, que si gusta puede leerlo en este link: https://n9.cl/6wblfd
Más de quince mil beneficiados –de Sonora y otros estados–, son el sello de las instituciones Kino. El padre Villegas fue un personaje disciplinado, duro, influyente. Lo mismo hacia favores a comunes que a poderosos. No es posible aun dimensionar su legado, pero si sus enseñanzas pues Ramón Ponce recordó que el mensaje sobre la pobreza del sacerdote conllevaba dos vertientes:
La pobreza voluntaria, que no tenía que ver con la miseria, sino con la virtud, la autodisciplina y la dignidad. El Padre Villegas enseñaba que elegir vivir con sencillez y austeridad —manteniéndose firmes ante las tentaciones del materialismo o el resentimiento— era un refugio moral. Al imponerse uno mismo los límites de la templanza, la pobreza dejaba de ser una debilidad y se convertía en una fuerza espiritual (“Paupertas est tuum asillum” / La pobreza es tu refugio”), una palanca para forjar el carácter y valorar el verdadero sentido de la solidaridad y el esfuerzo compartidos.
Y la pobreza impuesta por la sociedad vista como la injusticia social, la carencia de oportunidades, miseria material y el desamparo económico que sufren las personas debido a las estructuras del entorno. Para el Padre Villegas, esta pobreza era un mal que se debía combatir de frente y con urgencia, proporcionando a los jóvenes techo, comida, cobijas, pero, sobre todo, educación y herramientas de trabajo para que pudieran romper ese ciclo y salir de la marginación.
Ramón recordó que cuando le preguntó sobre como combatir la pobreza, el padre le dijo que lo primero es poner orden en uno mismo, en la familia, que al ser observado por otras se va incrementando hasta llegar a colonias y más allá. Nunca se le olvidó. Como tampoco se borra aquella ocasión en que uno de los chamacos se quejó de estar en un lugar pequeño y argumentó que se avergonzaría ante su novia, a lo que el sacerdote lo increpó aduciendo que cuando tuvieran algo de qué enorgullecerse, hasta entonces lo hicieran, pues hacerlo antes era pura falsedad. Pasó a principios de los sesenta; Nacho Lagarda lo narra muy bien.
«Estoy convencido de que las oraciones deben ir envueltas en una tortilla y el libro envuelto en una cobija. Hay que darle comida y calor al desamparado», decía al tiempo que se llegó el recuerdo cuando se mostró sumamente molesto en una ocasión que descubrió los baños sucios del hospicio recordándole al intendente que los “pelones” –a quienes rapaba por sanidad–, llegaban con la dignidad destrozada y lo menos que se merecían era demostrarles que podían vivir en el decoro de la limpieza.
El Padre empujó la idea de que organización que no crecía se anquilosaba, de allí que siempre quería más aulas, más habitaciones para más niños, más terrenos. Siempre había una enseñanza. Miguel Ayala recordó un extraño mezquite atrás del cual se colocó el templete y dijo que el padre le llamó pues el árbol cayó con todo y raíz de fuera durante una fuerte ventisca.
El Padre le pidió consejo sobre qué hacer. No por nada había estudiado ingeniería agropecuaria y al verlo, Miguel sentenció: leña. El Padre se encabritó y le dijo que los árboles son hermanos del humano, que había que salvarlo. Así, cubrieron las raíces con tierra y fertilizantes y 35 años después, cuando contó esta anécdota allí vimos el árbol, tirado, vivo, grueso a ras del suelo y de las raíces antes expuestas creció otro, paralelo, erguido, alto, enorme, frondoso, vivo. Si se pudo. Allí se puede ver en el patio. “Así era mi compadre”, recordó el ingeniero.
El próximo año, por estas fechas, cuando se cumpla el decimoquinto aniversario luctuoso, hay amplias posibilidades de que sean otros rostros los que amenicen el ambiente y dirijan las organizaciones. Tendrán la vara alta y su accionar será visto por miles de ojos, pero como el Padre siempre decía: “¡Aquí no se viene a llorar, hay que entrarle al pozole de trigo!”.
EN FIN, por hoy es todo, mañana le seguimos si Dios quiere.
Armando Vásquez Alegría es periodista con más de 35 años de experiencia en medios escritos y de internet, cuenta licenciatura en Administración de Empresas, Maestría en Competitividad Organizacional y Doctorando en Administración Pública. Es director de Editorial J. Castillo, S.A. de C.V. y de “CEO”, Consultoría Especializada en Organizaciones…
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