Las elecciones comienzan a aparecer en el horizonte y dentro de la oposición ya se discute la ruta que deberán seguir PRI, PAN y otros partidos para intentar competir frente a Morena en los próximos comicios.
La pregunta parece sencilla: ¿ir en alianza o competir por separado?
Sin embargo, detrás de ese debate existe un problema más profundo que cualquier negociación electoral. Antes de definir candidaturas, plataformas o acuerdos políticos, la oposición debe resolver una crisis que se encuentra dentro de sus propias estructuras.
Las encuestas más consistentes coinciden en un punto: una oposición fragmentada tendría pocas posibilidades de competir con éxito en varias entidades del país. En algunos estados podría perder competitividad y en otros incluso quedar relegada a posiciones marginales.
Por esa razón, una gran coalición opositora parece el camino más lógico. Pero construir una alianza sólida requiere primero resolver quién la encabezará y bajo qué liderazgo buscará conectar con los ciudadanos.
El desgaste de las dirigencias nacionales
En el PRI, el nombre inevitable es el de Alejandro Moreno Cárdenas.
La dirigencia de Alito ha coincidido con uno de los periodos más complicados para el partido. Durante los últimos años el tricolor ha sufrido derrotas presidenciales, pérdidas de gubernaturas, retrocesos legislativos y la reducción de espacios que durante décadas formaron parte de su fortaleza territorial.
Por ello, para muchos analistas resulta difícil atribuir los triunfos recientes del PRI al liderazgo nacional.
El caso de Coahuila es ilustrativo. La permanencia del priismo en esa entidad fue resultado principalmente del trabajo político local, de la estructura construida durante años y del liderazgo del gobernador Manolo Jiménez Salinas.
La elección se ganó en territorio, no desde las oficinas nacionales del partido.
En el PAN tampoco llegan buenas noticias
Acción Nacional enfrenta una situación distinta, aunque con desafíos similares.
Jorge Romero Herrera ha impulsado procesos internos de reorganización y renovación partidista, pero hasta ahora esos esfuerzos no han logrado traducirse en una recuperación electoral significativa.
Al mismo tiempo, el partido continúa enfrentando dificultades para reconectarse con sectores ciudadanos que en otros momentos fueron parte importante de su base electoral.
Además, los señalamientos políticos relacionados con el llamado “cártel inmobiliario” han mantenido al PAN dentro de una narrativa adversa que ha complicado el posicionamiento de algunos de sus liderazgos más visibles.
La alternativa podría estar en los estados
Frente a este escenario, diversos sectores de la oposición comienzan a observar una ruta distinta.
Más que apostar todo a figuras nacionales, la estrategia podría centrarse en fortalecer liderazgos regionales con arraigo social, capacidad de movilización y cercanía con los ciudadanos.
La lógica no es nueva.
Muchos de los gobiernos estatales y municipales mejor evaluados han construido su fuerza política desde resultados concretos y no necesariamente desde la exposición mediática nacional.
En cada entidad existen perfiles con credibilidad, experiencia administrativa y capacidad para competir electoralmente. Son esos liderazgos los que podrían convertirse en la principal carta de presentación de la oposición.
Una elección que puede redefinir el mapa político
La elección intermedia será una de las más relevantes de las últimas décadas.
Se renovarán 17 gubernaturas, la totalidad de la Cámara de Diputados, congresos locales y cientos de ayuntamientos en todo el país.
Para Morena representa la posibilidad de ampliar su dominio político.
Para la oposición podría significar la última oportunidad de evitar convertirse en una fuerza secundaria en amplias regiones del país.
La oportunidad existe
Contra lo que muchos pensaban hace apenas algunos años, el escenario político comienza a mostrar espacios que la oposición podría aprovechar.
Las investigaciones, señalamientos y acusaciones que han alcanzado a personajes vinculados al oficialismo generan cuestionamientos que inevitablemente impactarán el debate público rumbo a las elecciones.
Pero ninguna oportunidad se traduce automáticamente en votos.
Los partidos opositores necesitan generar identificación con la ciudadanía, construir confianza y ofrecer perfiles capaces de atraer tanto a sus bases tradicionales como a los votantes independientes.
La mesa comienza a acomodarse para una competencia más abierta de lo que muchos anticipaban.
La gran pregunta es si PRI y PAN estarán dispuestos a ceder protagonismo a los liderazgos regionales o si insistirán en construir su estrategia alrededor de figuras nacionales que hoy cargan con más desgaste que impulso político.



